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martes, 12 de agosto de 2025

La perfecta armonía

Como pocos, Mateo Chiarella ha sabido fusionar la música y el teatro para un público ávido, antes que uno sensorialmente académico. Con ese audaz ingenio concibió “Mozart interactivo” (2023), laureado montaje y referente inmediato que sustenta esta premisa.

"Monteverdi, el ritual de la ninfa", propuesta
de Mateo Chiarella

Y ahora lo reafirma con “Monteverdi, el ritual de la ninfa” (2025), su más reciente propuesta.
Bajo el rótulo de “concierto en contexto”, este trabajo combina delicadas arias de ópera y música de cámara con episodios orales y escénicos en torno a Claudio Monteverdi (1567-1643), sacerdote y músico italiano considerado padre de la ópera en su forma moderna. 
Bajo las órdenes de Chiarella, su compañero de tablas y adjunto, Lucho Tuesta, y César Vega, en la dirección musical, el resultado no podría ser más deslumbrante. Riqueza estética, elegancia escénica y adecuada fluidez que puede apreciarse tranquilamente como una clase de arte. Como un sutil pretexto, “Monteverdi” apunta reflectores sobre la vida de este célebre compositor, sus insondables duelos y fugaces éxitos que se intercalan de forma orgánica a lo largo de la puesta. La transversalidad y recurrencia de estos avatares influiría en la personalidad del autor.

Claudio Monteverdi (Santistevan) y
Claudia Cattaneo (Viale) sostienen este
concierto en contexto

Desde esta óptica, se exploran tópicos humanos y artísticos que, por su impacto emocional, parecen no ser tan distantes. Ciertos ejemplos son la pérdida del amor (la pronta muerte de su esposa Claudia Cattaneo), la vida precaria del artista o la dificultad de trasgredir las convenciones en el proceso creativo, sin caer en vanas grandilocuencias biográficas. La dramaturgia de Chiarella se sostiene en tres óperas de Monteverdi: “La fábula de Orfeo”, “El regreso de Ulises a la patria” y “La coronación de Popea”. La dirección conjunta dispone una selección de arias en italiano traducidas en una pantalla y que interpretan con nostálgica dulzura la soprano Ericka Camacho y el tenor Ssuler Quintana en la antesala. Desde una presencia cálida, sublime y sobria, Celeste Viale (Cattaneo) y Alfonso Santistevan (Monteverdi) acompañan las melodías con apartes teatrales precisos que ‘dialogan’ en armonía desde el posterior de la sala. A ellos se suma un impecable desempeño musical de su ensamble en vivo.

Esta propuesta que combina arias de ópera, 
música de cámara y episodios teatrales

El piano de Silvia Valdivia, el violonchelo de Diego García y el violín de Adelaida Mañuico junto a una ocasional pandereta y un pequeño tambor irradian de melancolía, dolor y alguna que otra tenue esperanza que la platea asume como suya entre las fábulas descritas.
En su mística escenografía de velas, inciensos, atriles y una iluminación diseñada para un concierto, “Monteverdi” resuelve más de un desafío. El principal sea, quizá, el que mantuvo en vilo a los compositores cortesanos de su época: encontrar la fórmula perfecta para fusionar música, canto y palabra en un verdadero ritual para los sentidos.

FICHA ESCÉNICA
“Monteverdi, el ritual de la ninfa” de Mateo Chiarella
Dirección: Mateo Chiarella
Dirección adjunta: Lucho Tuesta
Dirección musical: César Vega
En escena: Celeste Viale y Alfonso Santistevan
Músicos: Silvia Valdivia, Diego García y Adelaida Mañuico
Lugar: Teatro Ricardo Blume (Jr. Huiracocha 2160, Jesús María)
Temporada: Del 13 de junio al 03 de agosto de 2025
Funciones: viernes y sábado a las 8pm / Domingos a las 7pm
Una producción de Centro Cultural Aranwa
Redes sociales: Facebook / Instagram

sábado, 13 de mayo de 2017

Desde la penumbra

El matrimonio Manningham (Javier Valdés y Lucía Caravedo) acaba de mudarse a un suburbio londinense en 1880. Instalados en una casona antigua –con secretos aciagos–, la pareja de recién casados se verá inmersa en una pesadilla que traerá al presente el asesinato y la desaparición de joyas ocurridas a meda luz.
Los Manningham (Lucía Caravedo
y Javier Valdés)
“Luz de Gas” (1938) del dramaturgo Patrick Hamilton (1904–1962) plasma esta intrigante trama presente en dos cintas. Una británica dirigida por Thorold Dickinson en 1940 y otra estadounidense por George Cukor en 1944. El Teatro Británico ha estrenado una versión ecléctica de manos de Darío Facal. En manos del director español esta pieza se traduce en una intensa composición audiovisual y escénica que alumbra con tenue veracidad los opacos linderos de la psiquis humana. Su estética compuesta de cine negro, thriller sicológico y un libreto de detectives producen un montaje perturbador y misterioso.

LARGAS GABARDINAS
En el teatro como en las adaptaciones cinematográficas, la historia conservó la trama oscura y profundidad sicológica de sus personajes. El thriller de Facal los delinea con bastante detalle y acierto. Valdés convence en un papel enigmático y calculador, de pasajes inquietantes y ambiguos que lo aproximan al perfil de un sociópata.
Javier Valdés y Delfina Paredes
Desde la aparente fragilidad de Bella, Caravedo, más bien, desarrolla matices que presagian delirios casi esquizofrénicos. 
Con una fluida honestidad, ambos personajes palidecen o encienden en varios episodios hasta conseguir que su relación tensa se funda con una desconcertante y opaca rutina. Las esmeradas criadas Elizabeth y Nancy (un dúo de lujo integrado por Delfina Paredes y Stephanie Orúe) siembran conjeturas a placer. El inspector de policía (un inspirado Alfonso Santistevan) y su presto colaborador (Eduardo Camino de aceptable trabajo) cierran la estela detectivesca con roles plausibles.

CALLES SILENCIOSAS
“Luz de gas” procura una escenografía realista de estilo victoriano asentado en estructuras metálicas. La música del piano, pisadas en los altos y el dominio de sombras sobre la luz generan lóbregas escenas que la audiencia ávida de misterios agradece con interés y deducciones caprichosas.
El inspector (Santistevan) y Bella (Caravedo)
Con dos cintas a cuestas, “Luz de gas” intenta brillar con una historia original y fidedigna. En lo escénico lo consigue con la intriga sicológica, pero en lo visual Facal prefiere apoyarse en fragmentos de películas –un tributo de planos cerrados y paneos exteriores– enlazados con precisión. Este recurso ayuda a su narrativa aunque no incide directamente en el ritmo del montaje, sostenido por las actuaciones. Luego de “Lima Laberinto XXI” (2015) y “La clausura del amor” (2016), Facal entrega un trabajo brillante que instala luces en la penumbra más retorcida del alma humana.

Crédito de fotos: Teatro Británico

FICHA ESCÉNICA
“Luz de gas” de Patrick Hamilton (Reino Unido)
Dirección: Darío Facal
Elenco: Javier Valdés, Lucía Caravedo, Alfonso Santistevan, Stephanie Orúe, Eduardo Camino y Delfina Paredes
Lugar: Teatro Británico (Jr. Bellavista 527, Miraflores)
Funciones: De jueves a lunes a las 8pm
La temporada culmina el 15 de mayo de 2017
Entrada: S/. 60 (General), S/. 40 (Jubilados) y S/. 30 (Estudiantes)

jueves, 10 de abril de 2014

Libertad peregrina

Athol Fugard (Middelburg, 1932) es uno de los autores contemporáneos más comprometidos de Sudáfrica. A través de sus obras ha luchado por la justicia e igualdad y denunciado el apartheid, el régimen perverso de segregación racial que sumió a su país en uno de sus capítulos más álgidos.
El reencuentro de Helen y Elsa
En esos tiempos se sitúa “El camino a la Meca” (1984). Una historia que, tras sus rarezas, describe la lucha por los ideales y la libertad de su protagonista inspirada en la escultora Helen Martins (1897-1976) en plena represión. 
En poco tiempo, la pieza viajó por teatros de los cinco continentes y logró una versión fílmica en 1991. Bajo la dirección de Mikhail Page, esta obra ofrece reflexiones sobre la tolerancia a las creencias y el espíritu creativo en condiciones adversas. Lo puede apreciar en las cuatro funciones (de jueves a domingo) que quedan hasta este 13 de abril en el Centro Cultural El Olivar de San Isidro.

Un largo camino
La obra posee un solo acto y dura unas dos horas. La historia inicia con el reencuentro de Helen Niemands (oscilante e intenso rol de Milena Alva) con Elsa Barlow (la impetuosa Michela Challe) en una aldea llamada Nieu Bethesda. Eran días de calvinismo y segregación.
Challe, Alva y Santistevan
Su morada parece un refugio excéntrico: paredes de colores, decenas de velas, botellas de vidrio y esculturas zoomorfas orientadas a La Meca (que no se ven pero son aludidas con frecuencia). 
Una inusual peregrinación artística que dista con el credo y las costumbres de su pueblo. Así, defiende su genio creativo ante el ocaso de su vida y la mirada extraña e incomprensible de un vecindario que ahora le resulta ajeno. Tras un primer momento denso por el ritmo y los detalles perdidos en el tiempo, ambas mujeres enfrentan la primera de varias discusiones. 
"El camino a la Meca"
La diferencia de edades y las posturas divergentes se acentúan y se exhibe el temperamento de ambas actrices. Este factor guía la obra con cierta eficacia, pero se desgasta ante la reiteración de premisas.
Recién con la aparición del pastor Marius Byleveld (un correcto papel de Alfonso Santistevan) el drama cobra un vértigo distinto. Rompe con la monotonía de la confrontación, marca algunos quiebres –los necesarios– y suma elementos que describen la imprecisa relación de Helen con el mundo externo. Hay algunas verdades que tocan.

Sombras y luces
Un acierto es la escenografía (trabajo de Carlos Mesta) que linda con lo extravagante y lo barroco. La casa de Helen irradia una atmósfera de soledad y frustración en medio de brillos y objetos que describen una personalidad resignada e intensa que dibuja Alva por momentos.
Helen Niemands (Alva) en su mundo
Y es perfecto para el momento más poético de la puesta. Aquel en el que los destellos de múltiples velas y cristales domina la escena y deja en la penumbra los rencores y batallas inconclusas de los personajes. 
Entre ellas, un secreto muy velado entre el pastor y la escultora, que casi pasa inadvertido. El director se apoya, además, en un pequeño video y la música para recrear el contexto. 
Aunque hubiera sido idóneo acentuar más la asfixiante represión y censura social, ideológica y religiosa que persigue a sus personajes en una etapa como la descrita por Fugard. Eso sí, esta producción de Bunbury Teatro (en cuyos trabajos puede contarse “La Madonnita”, de Mauricio Kartun, en 2011) rescata y enarbola su mensaje con notable belleza y libre de sesgos y ataduras.

Crédito de fotos: CC El Olivar / RodoStudio Fotografía

DATO:
“The Road to Mecca” (“El Camino a la Meca”) se presenta por un acuerdo especial con Samuel French Inc.

Ficha artística
“El camino a la Meca”, de Athol Fugard
Dirección: Mikhail Page
Traducción: Gonzalo Rodríguez Risco
Elenco: Milena Alva, Alfonso Santistevan y Michella Chale
Producción General: Bunbury Teatro
Lugar: Centro Cultural El Olivar (Ca. República 455, San Isidro)
Las funciones van de jueves a domingo 8pm
La temporada culmina 13 de abril
Mas información en el evento de la obra o en Bunbury Teatro

domingo, 29 de julio de 2012

Crisis de normalidad

“Toc toc” es una gratísima comedia que describe la difícil convivencia en un mundo de manías y obsesiones. El texto escrito por el francés Laurent Baffie (Montreuil, 1958) y estrenada en 2005 es un agudo diagnóstico para quienes intentan encajar en una sociedad que se jacta de ‘perfecta’.
Juan Carlos Fisher, “un outisder”, como él mismo se describe en el programa de mano, adapta –junto a Rómulo Assereto– y dirige esta puesta sin mayor inconveniente. El resultado es una divertida e ingeniosa revisión de trastornos psicológicos, algunos más comunes que otros, que, rara vez, notamos… hasta que alguien más aparece.


Galería de manías
En “Toc toc” seis personas han coincidido en un consultorio, su última esperanza para curar sus extrañas fobias y compulsiones. Aunque reacios en un principio, cada uno de ellos irá contando el Trastorno Obsesivo Compulsivo (TOC) que lo aqueja, mientras aguardan al doctor.
Es así que Fred (Alfonso Santistevan) sufre del Síndrome de Tourette y no puede dejar de lanzar lisuras; Camilo (Renzo Schuller, en un papel bien resuelto física y mentalmente), quien está fascinado por los cálculos o la aritmomanía; y María (Wendy Ramos), mujer que no resiste la manía de revisar su cartera una y otra vez.
Luego llegan a la consulta, Lili (Gianella Neyra), a quien desquician los lugares poco aseados, Ana (Melania Urbina en un divertido rol), una chica que suele repetir sus frases –sin importar su extensión o dificultad–; y Otto (Bruno Ascenzo), un joven obsesionado por la simetría e incapaz de pisar las rayas en el suelo.


Un mundo diferente
A simple vista, resulta difícil no sentirse identificado con alguno de estos personajes. Ello es crucial en una puesta de un solo acto y poco más de dos horas, pero existen dos factores clave en escena: la ausencia de valoraciones  y juicios (ninguno de los protagonistas tiende a juzgarse entre sí) y un inteligente manejo de la intriga.
Este recurso, utilizado perfectamente en obras como “El método Gronhölm”, del catalán Jordi Galcerán, exhibida en el Teatro La Plaza ISIL (2009); aparece en “Toc toc” a modo de pistas y señuelos eficaces que intentan explicar la prolongada ausencia del doctor. Con estos claves, la acción no decae, a pesar de los repetitivos gags y reacciones.
Así, logra desarrollarse la cohesión de los pacientes y su infructuosa convivencia, escenificada con una inolvidable partida de Monopolio. Pero, más allá de esta graciosa lista de cuadros clínicos, “Toc toc” (el reciente proyecto de Los Productores) es un ineludible –e incómodo– reflejo de los prejuicios sociales. Aquellos que no aceptan el ser diferente como una opción y abogan por vivir bajo ‘criterios’ de normalidad.

Crédito de fotos: Los Productores

Ficha técnica
“Toc toc”, de Laurent Baffie
Versión española de Julián Quintanilla
Dirige: Juan Carlos Fisher
Adaptación: Juan Carlos Fisher y Rómulo Assereto.
Actúan: Alfonso Santistevan, Renzo Schuller, Wendy Ramos, Gianella Neyra, Melania Urbina, Bruno Ascenzo, Melissa Giorgio.
Lugar: Teatro Mario Vargas Llosa de la Biblioteca Nacional del Perú (Av. De la Poesía 160, San Borja).
La temporada acaba el 20 de agosto.
Entradas en Teleticket.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Una fiesta siniestra


Una noche de 1960 el dramaturgo Harold Pinter estrenó “El vigilante” en el Teatro Continental de Dusseldorf, en Alemania. Despreocupado por la crítica, su nueva pieza teatral, signada por inquietantes silencios, recogió pifias en vez de aplausos. A pesar de ello, el autor británico saludó al público en compañía de su elenco al menos unas 34 veces. En todas fue ferozmente abucheado.
Es probable que, en cada salida al escenario, Pinter reviviera la sensación del estreno de “La fiesta de cumpleaños”, unos dos años antes. Oscura, enigmática y desoladora, su primera obra profesional resistió una semana de abril en la cartelera londinense de 1958, pero sobrevivió a la crítica incrédula hasta convertirse en un clásico del teatro contemporáneo.
Hasta hace unos días, el creador de personajes desencantados y delirantes llegó al Teatro La Plaza ISIL en un estupendo montaje que vale la pena reseñar.


Noche a oscuras
“La fiesta de cumpleaños” encierra la acción en una habitación un poco descuidada. Por sus rincones y gavetas aún resuenan los éxitos lejanos de Stanley (una excelente interpretación de Paul Vega), un excéntrico pianista refugiado en la soledad, aún cuando los esposos Meg y Petey Boles (Ana Cecilia Natteri y Alfonso Santistevan), los dueños de la casa en la que es el único huésped, lo visitan a menudo.
Los días parecen repetirse hasta que Goldberg (Mario Velásquez) y McCann (Rómulo Asseretto) alquilan una habitación en ese aposento. A la llegada imprevista de estos dos extraños sigue la insólita idea de celebrar el cumpleaños de Stanley. Sorprendido, el pianista niega que esté por cumplir años, sin embargo, esa noche Goldberg, McCann, Meg y Lulu (una anecdótica presentación de Gisela Ponce de León), una joven vecina, deciden festejar una extraña fiesta.


Silencios elocuentes
Un elemento de las obras de Pinter es la incertidumbre. Aquello que inquieta sin saber dónde se esconde y que acecha esta puesta escénica gracias a las buenas actuaciones del elenco. Surgen así las pocas certezas sobre el pasado de Stanley o el misterioso arribo de Goldberg y McCann, dos desconocidos que, por ejemplo, hablan de una organización sin decir más.
Quizá, la vida de los caseros represente un equilibrio en esta historia. Destaca Ana Cecilia Natteri por una interpretación que va desde ternura hasta el extraño cariño que siente por el pianista; y bien acompañado de un despreocupado personaje encarnado por Alfonso Santistevan. 
Cada detalle guía al espectador por una atmósfera de dudas que logra transmitirse a pesar de tratarse de un texto en inglés. Esta última afirmación compartida por estudiosos de Pinter, quienes concuerdan que es más importante lo que no se dice en lugar de lo que sí. 
Es por eso que la tensión de la obra no desaparece aún cuando los diálogos –aislados, en apariencia– sugieren más preguntas que respuestas.La obra se olvida de esclarecerlas y deja al espectador en desconcierto, pero cargado de teorías. Una sensación que probablemente sucedió con el público que la vio por primera vez en 1958.


Estilo ‘pinteresco’
En un inicio la crítica especializada desestimó esta obra y sólo recibió una opinión favorable –y profética– de Harold Hobson. “A pesar de la experiencia vivida la semana pasada (el cierre de la obra), vamos a oír hablar del señor Pinter y de “La fiesta de cumpleaños” en algún momento. Tomen nota de sus nombres”, reseñó en mayo de 1958 en el Sunday Times.
En piezas teatrales como ésta, Pinter esbozaría los rasgos reconocibles de sus “comedias de la amenaza”. El Premio Nobel de Literatura del año 2005 utilizó historias negras y escalofriantes para plasmar el dilema de la identidad individual a través de personajes solitarios y desilusionados.
En sus tramas es usual ver a un intruso que inquieta y desquicia la intrascendente existencia de sus protagonistas. Mientras que sus diálogos se salpican de largas pausas y silencios, como si fuera difícil comunicarse entre ellos. Una atmósfera cuidadosamente dibujada en la puesta dirigida por Chela de Ferrari en el Teatro La Plaza ISIL de Miraflores.


Créditos de fotos: Teatro La Plaza ISIL

Ficha técnica
“La fiesta de cumpleaños”, de Harold Pinter
Dirección: Chela De Ferrari
Elenco: Paul Vega, Ana Cecilia Natteri, Mario Velásquez, Rómulo Asseretto, Alfonso Santistevan y Gisela Ponce de León.

lunes, 3 de octubre de 2011

Vidas cruzadas

Hace unos días fue la última función de “Por accidente”. Una comedia sin demasiados artificios que desnuda en un acto los argumentos, reacciones, estereotipos, prejuicios y percepciones –erradas y acertadas– que parecen dar lógica al comportamiento masculino. Nada complicado, simple cotidianeidad.
Todo parte de confuso accidente. Fría madrugada, testigos con versiones diferentes, y dos autos a una velocidad aún por esclarecer. Sus conductores, conmocionados aún, jamás pensaron encontrase en el cruce del Jirón Desamparados y Calle De la Amargura en una de esas noches en las que todo sale mal.



En contradicción
No sabemos quién chocó a quién. Si fue Rodrigo (César Ritter, en un personaje justo a la medida) a Richard (Emilram Cossío, buen protagónico) o viceversa pero ver el Audi accidentado en el escenario –uno de verdad– impacta.
El primero maneja el automóvil de su esposa, angustiado por su reciente separación, mientras que el segundo soñaba con la cita perfecta en el auto de lujo. Ninguno de los dos llega muy lejos. Luego aparecerán en carro, a pie o curioseando, algunos invitados gratuitos y espectadores forzosos.
Primero un abogado gay (Javier Valdés) algo maniático y detallista. Un vigilante nocturno (Ismael Contreras) tan ingenuo como insistente. Un taxista lechucero y egresado de la escuela de la vida (Ricardo Velásquez) y un ajustador de seguros con sólidos principios llamado Figueroa (Miguel Iza).


Un buen negocio
El choque será sólo un pretexto para que cada uno desentrañe su mundo: una serie de fracasos y peleas conyugales de Rodrigo; y el un noviazgo de apariencia de Richard. En ocasiones ello les servirá de argumento para transar las refacciones de sus autos, evitar posibles castigos paternales o visitar al hijo tras la separación.
En otras, la mayoría, serán simples armas para sacar provecho como cobrar el seguro, arreglar ‘por lo bajo’ o engañar para eludir responsabilidades. ¿Acaso atinaron Alfonso Santistevan y Marisol Palacios, autores de esta obra? A ello se sumarán connotaciones estereotipadas entre Rodrigo, el ‘blancón’, y Richard, el ‘cholo’ y la disímil –aunque errónea– correspondencia entre sus autos.


Obra de a dos
Esta comedia –con pinceladas de drama– escrita por Santistevan (Arequipa, 1955) y Palacios (Lima, 1962) muestra el buen trabajo de equipo. Hace unos años lo hicieron con la pieza cómica “Morir de amor”, interpretada por Paul Vega y Katia Condos. La puesta fue dirigida por Palacios y como ella misma ha afirmado fue “un reto” aproximarse al universo y pensamiento de los hombres.
“Por accidente” es un reflejo oscuro e (in)exacto de la sociedad peruana y latinoamericana, machista y oportunista. Divertida y ocurrente, por momentos nos alerta al exponer cuán arraigados vivimos entre los prejuicios y las etiquetas hasta que finalmente caemos en cuenta de ello, así sea por accidente.

Crédito de fotos: Facebook Teatro La Plaza ISIL y Pablo Moura (Artefacto)

Ficha técnica
“Por accidente”, de Alfonso Santistevan y Marisol Palacios.
Dirección: Marisol Palacios
Elenco: César Ritter, Emilram Cossío, Miguel Iza, Javier Valdés, Ricardo Velásquez e Ismael Contreras.
Producción General: Teatro La Plaza ISIL

domingo, 19 de junio de 2011

Secretos de una dama

La mujer encaja en la perfecta geometría del deseo. Un teorema cuyos resultados pueden medirse por los sentimientos puros o carnales ímpetus que inspira. En “La Madonnita”, obra del dramaturgo argentino Mauricio Kartun, un viejo fotógrafo transforma esa rara belleza femenina –su leit motiv– en retratos eróticos de singular calidad estética.
Esta obra fue escrita el 2003, pero se ambienta en los crudos años 30 en Buenos Aires. El protagonismo de la mujer se limitaba al hogar y era el destino que le aguardaba a La Madonnita, Filomena (Daniela Baertl).
La excepción era que en su lista de deberes diarios se incluía sensuales desnudos, los que con tanto esmero fotografiaba su esposo Hertz (Alfonso Santistevan) para que, luego, Basilio (Mariano Sábato) las comercializara en los suburbios.




Entre la luz y la sombra
Hertz es un artista. Busca matices de luz y oscuridad para hacer tomas, desenreda el decorado, prepara sus placas y alista la vieja cámara. Mientras imagina su próxima composición –una que avive más el deseo de quienes prefieran retratos de La Madonnita–, no duda en proponer a su mercante como nuevo modelo de un ‘arte’ que podría catalogarse de pornografía.
Tras una deliberación, sin tomar en consideración la opinión de Filomena, Basilio accede. Es probable que el apasionamiento de Hertz por la fotografía justifique su afán por exhibir de esa forma a su propia esposa. Para él es arte y belleza capturadas, lo que en manos del mercante se traduce en unos cuantos pesos.
Entonces, ¿qué convierte a La Madonnita en un objeto deseado? Sin duda, su hermosura espontánea, natural y sin artificio. Una idea que contrasta con su título, donde irónicamente la palabra madona podría evocar a la Virgen María, la virtud y la pureza.



Dama del silencio
En la obra, Kartun suma a ese halo de misterio un personaje silente, sin líneas, y con una riqueza en miradas, gestos y expresiones. Podemos imaginar qué está punto de decir, pero, aún siguiendo cada uno de sus retratos, resulta difícil descubrirla a plenitud. Nadie sabe quién es o si alguna vez esta musa del erotismo amó a alguien. Quizá por ello, la Madonnita guarde en su mirada el rastro de una tristeza lejana.
Se siente en cada instante, aunque escapa a nuestros ojos y a las fotos en las que luce seductora. Y hay un personaje más, uno a quien nunca vemos, pero que está presente para desencadenar algunos  momentos vitales de la trama. Todos ellos dan vida a una historia extraña, tan sórdida como humana.
Ahí se revelan las miserias que, en ocasiones, sirven de justificación para someter o ‘cosificar’ a la mujer en aras del arte. Muy acertadamente dirigida por Mikhail Page, esta puesta se presentó en el Centro Cultural El Olivar, y es, quizá, un intento por rescatar la esencia de la belleza y eternizarla como sensación a través de la fotografía.




La pluma de Kartun
Mauricio Kartun (Buenos Aires, 1946) es uno de los dramaturgos contemporáneos más destacados de Argentina. Uno de los logros más importantes fue la fundación de la carrera de Dramaturgia en Escuela de Arte Dramático de Buenos Aires .
Es autor de más de 25 obras, entre piezas originales y adaptaciones. En nuestro país se estrenaron dos obras suyas: “Chau Misterix” y “Sacco y Vanzetti”; y también realizó una adaptación del clásico “Volpone” del inglés Ben Jonson. Algunas otras piezas aquí.
Y ahora llega “La Madonnita” de la mano de Page, quien tuvo como profesor a Kartun mientras asistía a cursos de dirección en Argentina. Según el dramaturgo, en esta tragicomedia “el texto teatral es la pornografía del teatro. Su quimera de encerrar en un ojo provocativo, obsceno e indeleble aquella carne viva de la representación”.


Fotos: Aliette Bretel